El problema es que no entendemos cuán lejos estamos del otorgamiento. Cualquier acción, por pequeña que sea, nos acerca al objetivo. Así es como transitamos este camino, milímetro a milímetro, y es imposible saltarse ninguno de ellos.
A cada milímetro le corresponde su reshimó, que hay que cumplir, y sólo así pasamos al siguiente milímetro.
Hoy en día el camino está oculto para nosotros. Por ejemplo, durante esta cena pasaremos unos 20-30 milímetros o reshimot. Es mucho, pero nadie podrá sentirlo. Seguirá siendo así hasta que no lleguemos a la entrada en el Mundo Superior. Sólo entonces lo sentiremos.
Pero de momento es como si fuéramos a Madrid por la carretera y no supiéramos cuánto nos queda. Resulta que el primer paso del camino y el último antes de llegar a Madrid son exactamente iguales. Y a lo largo del camino es como si no pasara nada, la misma carretera, los mismos campos y árboles…
Nosotros no sabemos cuantas acciones minúsculas hacemos cada segundo, y todas ellas conforman nuestro avance. No es una casualidad que en esta carretera no haya señales ni indicaciones, eso está hecho para que la persona aprenda a recibir placer por el viaje en sí mismo.
Si te mueves hacia el otorgamiento, incluso en la oscuridad, tienes que sentir placer. De otra manera es como si pidieras una recompensa.
Por eso no hay que esperar el final del camino. En realidad no hay final del camino. El camino termina cuando tú tomas la decisión:”Yo no tengo que llegar a ninguna parte, estoy bien con lo que tengo, si tan solo pudiera disfrutar del otorgamiento”. Si dejas de pedir la recompensa, la obtendrás. Eso significará que has llegado al objetivo.
Extracto de la conversación durante la cena en Madrid, 3 de junio 2011
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