Estamos viendo como las masas de distintos países de repente empiezan a protestar, salen a las calles, organizan ciertos disturbios. Vemos lo fácil que resulta dirigirles en cualquier dirección con la más mínima provocación, lanzando cualquier idea.
Surge la pregunta: ¿si es así, que valor tiene toda esta democracia? ¿Cómo se podría reaccionar a todas estas protestas “espontáneas” de las cuales dependen a veces los gobiernos y el destino de otros países?
Si queremos una manifestación real de la voluntad personal y el deseo consciente, es necesario educar al pueblo. Educar a elegir de acuerdo con el desarrollo de la naturaleza, elegir la dirección correcta, una única y verdadera meta. Basándonos en todo esto, tenemos que educar paulatinamente a la población de tal modo, que realmente empiece a entender por qué vale la pena salir a manifestarse y que hay que exigir.
Por eso todo se reduce, una vez más, a la educación de la gente en la Tierra.
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